Seguridad y Radiación Electro-Magnética

Hace tiempo que se conocen los efectos térmicos  de la radiación electromagnética (EMR)  en el cuerpo humano. El efecto térmico depende de la cantidad de energía radiada, del tiempo de exposición, de la frecuencia de las ondas electromagnéticas y de la distancia de la fuente de energía.

Además, con la enorme expansión de la telefonía móvil, recientemente se han realizado y se están realizando actualmente numerosos estudios epidemiológicos en distintos países sobre la posibilidad de que la radiación electromagnética de baja potencia pueda presentar algún tipo riesgo no térmico para la salud de las personas.

Los radioaficionados, como todo ser humano que vive en zonas pobladas, estamos sometidos a los posibles riesgos debidos a la exposición a la EMR producida por electrodomésticos, líneas de transporte de energía eléctrica doméstica o industrial, o el conjunto de elementos que forman las redes de telefonía móvil, en especial, las antenas de los repetidores y los enlaces inalámbricos. En adicción, utilizamos para el desarrollo de nuestra actividad unas fuentes de energía electromagnética específica y unas antenas que, por su tamaño y aspecto, despiertan la atención de quien la contempla causando a veces unos temores que nos involucran en un rechazo que no está justificado por ninguna razón objetiva.

Los tiempos de uso, las frecuencias utilizadas y las potencias  autorizadas nos alejan de los riesgos térmicos de la EMR que generamos con nuestras estaciones y su alimentación eléctrica. Sin embargo, la alarma entre la población se dispara por los miedos a los posibles riesgos de los efectos no térmicos de las radiaciones de RF de baja potencia que han sido y siguen siendo objeto de divulgación en los medios de comunicación.

Los estudios sobre las frecuencias Extremadamente Bajas (ELF) de hasta 300 Hz, que incluyen las redes domésticas y las de transporte de energía eléctrica de alta tensión, han llevado a la Agencia Internacional de Investigación del Cáncer (IARC), un Organismo dependiente de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2001, a clasificar a los campos EMR ELF en el grupo 2b como posibles cancerígenos.

Por otra parte, la IARC en 2011 clasifica también la exposición a largo plazo a los campos de EMR de RF en el mismo grupo 2b como posibles cancerígenos, haciendo especial hincapié en la telefonía móvil.

Sin embargo, la evidencia actual de los resultados clínicos y epidemiológicos no permite establecer la existencia de una relación causal entre la exposición a la radiofrecuencia de la telefonía móvil y los efectos adversos sobre la salud. Interpretando globalmente los resultados de los estudios epidemiológicos publicados hasta la fecha sobre tumores cerebrales y uso de teléfono móvil, no demuestran un incremento significativo del riesgo de padecer este tumor en un período de uso de 10 años. En algún estudio se ha observado un ligero e inconsistente aumento del riesgo de padecer tumores en el grupo de usuarios de teléfonos móviles con más horas de uso. Los errores y sesgos detectados por la Comunidad Científica en el diseño de estos estudios impiden establecer relaciones causales.

Entre la literatura científica se pueden encontrar informes de algunos Organismos concluyendo que gran parte de la información en que se basan estos estudios concernientes a los efectos no térmicos de la EMR y orientados todos ellos al uso de la telefonía móvil, en general, es poco concluyente, incompleta e incluso contradictoria.

La presentación de algunos estudios a la opinión pública por los medios de difusión general, en ocasiones sesgada, sensacionalista y poco contrastada, o la información sobre la clasificación de la EMR de baja potencia en el grupo 2b como posible causa de cáncer, sin aclarar que en este mismo grupo se encuentran también sustancias de uso frecuente y sin explicar en qué consiste el término “posiblemente cancerígeno”, han causado la alarma entre la población. Una alarma que no reduce el uso de la telefonía móvil pero que produce un rechazo irracional a las redes WiFi en los colegios, pero no en los domicilios ni tampoco al uso por los adolescentes de los teléfonos móviles y, de paso, el rechazo sobre cualquier antena diferente a las de la TV en el tejado de una comunidad de vecinos.

Un rechazo que se puede calificar de irracional porque no se basa en la información objetiva sino en la interpretación subjetiva sin contrastar de unos datos unida a la ignorancia sobre la generación y transmisión de la EMR. Esa ignorancia sitúa en el mismo plano la RF de la telefonía móvil con la de los servicios de radioaficionado sin tener en cuenta las enormes diferencias entre las frecuencias utilizadas por la mayor parte de los radioaficionados, los tiempos de utilización, los límites de potencia y las características del uso que hacen de la radioafición algo totalmente diferente a la telefonía móvil y que no soporta comparación. Ni siquiera en sus 100 años de historia se ha dado ningún motivo para iniciar un estudio.

No podemos negar ni descartar los posibles riesgos que supone el manejo de una fuente de EMR ni tampoco obviar principio de precaución que hay que aplicar al supuesto de un riesgo que, aunque no está demostrado que exista, tampoco se ha descartado su existencia de forma objetiva.

La simple sospecha, sin confirmar, que han sugerido algunos estudios epidemiológicos sobre los riesgos de la exposición a los campos de RF producidos por la telefonía móvil, sin que las propias autoridades sanitarias impidan la instalación de antenas repetidoras en unas frecuencias lejos de las que mayoritariamente utilizan los radioaficionados, con tiempos de emisión diferentes y con una exposición distinta, no puede ser en ningún caso una justificación válida para oponerse a la instalación de una antena de un servicio que no tiene más en común que la que utiliza la energía electromagnética; como los teléfonos móviles, los hornos microondas o las placas de inducción. Si al final queda alguna duda, siempre existe la posibilidad de solicitar de las autoridades el análisis de la EMR para verificar que no sobrepasa las tasas permitidas.

Los radioaficionados tampoco podemos ignorar la visión que la sociedad tiene de las antenas de radio ni el rechazo que éstas suscitan entre los vecinos de los inmuebles sobre los que muchos colocamos nuestras antenas. Un rechazo producido únicamente por el temor que provoca la ignorancia o la información parcial y sesgada. Por ello, y a pesar del convencimiento de que tampoco va servir de mucho para evitar el rechazo, debemos conocer a fondo todos los extremos del debate para utilizar argumentos sólidos y respaldados por evidencias científicas.

No hay mucha literatura internacional sobre la seguridad de la RF en las bandas de radioaficionados. En el seno de la ARRL se creó un Comité de Expertos compuesto por médicos y biólogos con el fin de estudiar el tema de la seguridad del uso de las estaciones de radio en las frecuencias asignadas al servicio. En 1997 publicó un informe que en un principio se incluyó como un capítulo en el Amateur Radio Handbook de 1997 y actualmente se encuentra en su Web. Para contribuir a su divulgación por su interés para los radioaficionados, me he permitido traducir libremente al castellano y publicarlo en esta Web atendiendo al permiso que figura en el mismo.

Este informe orienta al radioaficionado sobre los posibles riesgos de la EMR que genera su estación y sobre las precauciones que debe tomar como principio de seguridad. La conclusión más interesante que se puede entresacar es que “los efectos térmicos de la energía de RF no deben ser una preocupación para los radioaficionados por la relativa baja potencia que utilizamos normalmente en las emisiones y la naturaleza del uso intermitente de la mayor parte de las transmisiones.”

También indica que “un radioaficionado no debe tener miedo a utilizar sus equipos. Si existe algún riesgo es casi seguro que caerá muy por debajo de la lista de causas que pueden ser perjudiciales para la salud. (en el otro extremo de la lista que comienza con su automóvil).” Lo que es seguro para un radioaficionado y su familia, que son las personas más directamente expuestas a su actividad, es evidente que debería ser también seguro para sus vecinos.

Por principio de precaución en lo relacionado a los posibles riesgos de la EMR de RF, algunos países han dictado unas directrices que establecen los niveles máximos de radiación a que puede sometida la población. Estos niveles están muy alejados de los que genera una estación de radioaficionado, especialmente media a nivel de domicilio o a nivel de calle. La baja radiación de las estaciones de radioaficionado garantiza a la población la seguridad frente a la EMR, en general, en base a los conocimientos actuales.

Finalmente es necesario aflorar algunas reflexiones que nos hacemos los radioaficionados; en especial la contradicción que supone el utilizar teléfonos móviles o enlaces inalámbricos por las mismas personas que se oponen a instalar antenas de radioaficionado. La ligereza al juzgar a la radioafición como un hobby sin tener en cuenta la deuda que la sociedad ha contraído con el colectivo de radioaficionados por su trabajo altruista durante años al poner a disposición de la sociedad sus conocimientos y medios para paliar las consecuencias de un desastre natural, de la búsqueda de personas o de medicamentos en casos de necesidad. Es cierto que en los tiempos de la telefonía móvil o de Internet estos servicios no son tan necesarios, pero nadie sabe si lo pueden ser en el futuro. Además, un país no puede poner en riesgo el potencial de un grupo de ciudadanos que invierten su tiempo y sus medios en mantener unos equipos y conocimientos que impulsan las telecomunicaciones y constituyen un fondo de garantía en caso de necesidad.

Es también notorio que las personas que se oponen a la instalación de antenas en zonas comunes de un inmueble de propiedad horizontal, desde un punto de vista ético, utilicen una vara de medir diferente para valorar sus derechos y los de los demás. Lo deshonesto es pretender impedir, únicamente por ignorancia, el ejercicio del derecho de servidumbre que le asiste al ciudadano que pretende utilizar una parte del espacio común para colocar una antena que le es necesaria  para desarrollar una actividad positiva que ha elegido para su desarrollo personal.

También por principio de seguridad, el Comité de expertos de la ARRL en su informe para la seguridad del uso de las estaciones de radioaficionado, incluye una serie de recomendaciones que al menos conviene conocerlas. Estos temas cuyo estudio iniciamos generalmente porque nuestros vecinos nos crean problemas para instalar las antenas, nos llevan al conocimiento de la información contrastada, confirmando y reforzando la impresión inicial de que nuestra actividad es segura. La radioafición tiene ya 100 años de historia, una historia que en ningún momento ha dado ningún motivo para pensar que puede ser peligrosa para la salud de quienes la practican.

Este trabajo no es más que el resultado de la lectura crítica de decenas de informes producidos por diferentes Organismos. Para quienes les queden aún alguna duda, sean radioaficionados o no, les invito a consultar únicamente los documentos producidos y avalados por entidades solventes, como por ejemplo la OMS o los departamentos oficiales de salud europeos, españoles o comunitarios, y evitar rigurosamente los panfletos parciales y tendenciosos que proliferan en la red cuya único objeto es el de crear alarma social.

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